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martes, 4 de mayo de 2010

Este é 1 comentario a unha das muitas entradas sobre a historia do Carromato que está bastante millor ca calquera de ditas entradas: Así falou Eh.



eh dijo...

Ese día, la ballena venció al cocodrilo.

POST-PRÓLOGO: EL SIDECAR DEL CARROMATO

Cariacontecida en los calcañales, con una copiosa sonrisa colgada de mi bandurrio. Así me quedé yo.

Una vez había un gran mimo que, de sereno, no sabía estar callado, así que se fue haciendo famoso por sus originales actuaciones en plena curda.

Obviaré los elementos biográficos.

Una alicia envejecida y bastante ciega camina en zigzag por una huerta de grelos, pretende llegar a algún lugar guiada por luciérnagas cautivas...

Sí, hay un hilo fino con forma de paranoia que nos hace no perdernos del todo en la avorágine de elocuencia, solo al final comprendemos por qué Isadora se nos aparece a cada rato fular en ristre, por qué Ella y por qué Él... Esto hace que se pueda distinguir una estructura circular, o más bien espiral, envolviendo el caos: es el caos vestido hermosamente con chistera y chaqué, lo cual al fin de cuentas no deja de ser un traje de pingüino.

Otro hilo: el atesoramiento del diario de una zarina durante todo el relato nos induce a valorar el libro que estamos leyendo de manera análoga: por extensión hay un sutil proceso de identificación con la protagonista, y en última instancia, con su viaje, en todo su sentido y con el vértigo que ello acarrea.

Y hablando de sentido, me gustan los lexicólogos cuando están como ausentes... y me gustan el sonido de la explosión cuando revienta una palabra; ese estruendo hace quebrar copas, jarras, cuencos, vasos, bocois, y todos los líquidos antes contenidos se mezclan derramados, se esparcen por el suelo para pegarse en nuestras suelas y ser nuestro paso. A veces embriagando a nuestros inocentes zapatos.

Proclamo: vivan los arcaísmos, neologismos y dialectalismos en rico pudding y marchando una de entrecot, ok? Viva la fusión de siglos, asumámosla, pongámosle más dinamita, azucar, y a escribir, y a tomar por culo las generaciones literarias. En este pueblo la cosa no va así.

De lo divino y lo humano habría mucho que decir, pero prefiero dejárselo a especialistas. Además del fulano de Milwakee me consta que hay adeptos a las teteras en casi todas partes del mundo. Que no sea por devociones. Otros confunden los váteres con altares o la sangre de un salvador con el zumo de uva (lo cual no deja de ser un tanto gore). Todo ello y algunas páginas más nos hacen preguntarnos si la virgen tomaría té o café de pota, o tal vez algún brebaje para convertirse en diosecilla terrenal con patucos y bisoñé y embelesar hasta al más duro capitán. Al final todo se resume a eso. A eso y a saber qué bebe la segadora para poder al menos contentarla si nos la encontramos en alguna barra.

En fin, lo que nos queda es bailar leyendo como ella con nuestros dobles y nuestros triples en un pequeño circo cósmico. No se ate el cinturón, y a rodar.

ANEXO I

“Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aún por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en libros antiguos, si se enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad, y quien dudara merecería la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores.”
(Bertrand Russel)


ANEXO II

Detenidos medio centenar de adoradores de una tetera
Kuala Lumpur (Malasia) - agosto / A.L.

Cincuenta y ocho personas, de entre 20 y 60 años, seguidoras de una curiosa secta organizada en torno a una tetera gigante han sido arrestadas en Kuala Lumpur. El líder de la secta, Ayah Pin, consiguió escapar a la detención después de que unos asaltantes armados con machetes y cócteles molotov atacaran la comuna quemando un coche y la adorada tetera, que supuestamente tenía poderes curativos. En principio no hay leyes que prohíban adorar una sartén, una cafetera o una freidora; el problema es que Malasia es un país musulmán y el Islam es la religión del estado por lo que las personas que se alejan de las "verdaderas enseñanzas del Islam" deben someterse al castigo que imponga la Sharia o ley Islámica. Las autoridades religiosas ya habían catalogado la secta como una creencia anormal y las personas detenidas pueden ser condenadas a pagar una multa de 789 dólares o a dos años en prisión por adorar a falsos dioses.


(con foto de la tetera en: http://www.adeguello.net/ade2005sept7.htm#2

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La caza de grillos


Comenzó a llover copiosamente y nos dio por infravalorarnos entre nosotros, pues ya teníamos la confianza suficiente.

La lluvia era cada vez más intensa y abundante, y al rato nos hallamos flotando en un mar de dudas.
El instinto nos empujó a nadar como auténticas barracudas, buscando nuestro carromato.

Lo topamos a la deriva e intentamos subirnos en él.
Pele fue el primero en conseguirlo, yo tuve que ayudar a Pequeñín, que temblaba como un polluelo, El Mesías, por supuesto, caminó sobre las aguas.
Perdimos nuestros ropajes, debido a la fuerza de la corriente y también, porque teníamos mucho vicio.

Así fue cómo nos embarcamos los cuatro de nuevo, sin saber a dónde iríamos y sin probar gota.

Imploramos a Pele que convirtiera el agua en vino, pero se vio incapacitado y sólo consiguió materializar un botellín y unos cuantos picatostes.

Aburrida como estaba de pelearme por cada sorbo de cerveza, me acurruqué al fondo del carromato y saqué el pesado diario de mi mochila.
Me di cuenta de que tenía más páginas que al principio.

No sé si me asusté o me admiré de aquello, pero llegué a la conclusión de que, probablemente, se trataba de uno de los milagros de Pele.

Intenté leer los pasajes nuevos, pero quizá el opio aún diese vueltas por mi cerebro, porque me quedé dormida en la tercera sílaba.

Desperté en mitad de una noche brumosa y lenta.
Nadie guiaba el carromato, pues estaban todos dormidos, así que cogí las riendas, sin saber hacia dónde dirigirme.

Resultó que el hecho de no ver nada en absoluto, en lugar de asustarme, me aliviaba ya que en mi imaginación, aquel mar sería como yo quisiera.

No sé porqué, pero esperaba escuchar grillos a mí alrededor, y me importunó que no fuera así, ya que su sonido le habría quedado pintiparado, en aquel momento, al conjunto del paisaje.
En lugar de eso me rodeaba un falso silencio.
No es que todo estuviera en calma, sino que yo no oía nada.

Esto me sobresaltó de tal forma, que me propuse abastecer el carromato de grillos en cuanto tuviese oportunidad y comencé a canturrear una estrofa de una canción infantil, que me había enseñado una vieja putilla de los muelles.
Decía más o menos así:

“Mamá, Mamá, y a mí me gusta el magreo,
Que cuando me besa mi novio
Yo siento muchos deseos,
Y a mí me sudan los pechos
Y también las pantorrillas,
Y me dice el sinvergüenza:
Aprovéchate los días.”


Encontré a Pequeñín, bailando al compás de aquellas palabras, como lo habría hecho una bailarina en celo y a partir de aquel día, tendría que cantársela cada noche, pues cogería aquello como una costumbre particular, a imagen y semejanza de unas sopas de leche para un viejo galicoso.

viernes, 26 de junio de 2009

La pequeña vida de un trashumante


Después de escarbar un poco en mi memoria, visioné un puñado de imágenes, que más bien parecían calcadas de un corrillo de comadronas salidas, por lo que desistí de sacar algo en limpio de mi cabeza en esos momentos.

Me incorporé lo suficiente, para no derramar ni gota del brebaje conjurado que allí se había preparado y que, hincado sobre un menisco, me ofrecía El Mesías.

-Bebed todos de él, porque esto será la sangre de mi cuerpo.-habló El Mesías a todos los allí presentes.

Nunca viera yo una fe tal como la de aquel rebaño.

Volví a indagar en mi maltrecha mente, en busca de recuerdos de algún tipo, y esta vez vislumbré un peñasco y un par de escenas del Apocalipsis y tuve que admitir, que me habían jodido bien todos aquellos años de educación infantil.