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jueves, 13 de agosto de 2009

El fabuloso mendrugo II


Todavía notaba un nudo en la garganta, pero aún estaba semi-viva.
El mendrugo de pan se estaba portando bien conmigo y yo se lo compensaba y no dejaba que se secase.
En algún momento dado, un muchacho, seguramente muy carismático, me incitó a un trago y en poco tiempo nos estábamos magreando ilusionados al fondo del local, era mi príncipe azul, mi media naranja, tal para cual, Romeo y Julieta, Bonnie y Clyde.
Cuando acabó conmigo tuve que ir al cuartito de baño a retocarme, pues estaba hecha unos zorros y mi pelo no reflejaba mi personalidad en absoluto.
Estaba un tanto alterada, me temblaba el párpado derecho más de lo normal y tenía bastante sed.
Le echaba de menos.


Mi mundo empezaba a ponerse borroso y yo tuve que reptar hasta la puerta. Llegué a la calle y no paré de huir de mí misma hasta que llegué al muelle.
Me arrodillé justo en el momento en que mi estómago decidió liberarse de tanto peso y vomité en el mar.

Sin estar sobria y con los ojos llenos de lágrimas contemplé flotando en el agua salada a mi mendrugo de pan que iba a la deriva sin mí.

Quizá fuera devorado por los peces cristianos que tanto abundan en el mar.

-¡Adiós!- me despedí de él sentimentalmente- ¡Que tengas suerte en tu viaje como yo lo tendré en el mío!