jueves, 24 de septiembre de 2009

Polo monte


Non hai tamancas
pra ir
polo monte
coa lúa chea.

Vou descalzo
co meu irmán
mentras nos roza
a herba.

A nosa nai
xa morreu
o noso pai
non espera

Nas árbores
penduran
follas de adormideira.

Non temos
ningún medo
nin do lobo
nin do vento.

Non hai sendeiros
pra ir
polo monte
coa lúa nova.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Miña abuela



A miña abuela, certo día, deume un consello bastante fino sobre a vida.

Miroume pros ollos e díxome así:


-Take it easy miña filla, porque a vida eche a ordia!

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La caza de grillos


Comenzó a llover copiosamente y nos dio por infravalorarnos entre nosotros, pues ya teníamos la confianza suficiente.

La lluvia era cada vez más intensa y abundante, y al rato nos hallamos flotando en un mar de dudas.
El instinto nos empujó a nadar como auténticas barracudas, buscando nuestro carromato.

Lo topamos a la deriva e intentamos subirnos en él.
Pele fue el primero en conseguirlo, yo tuve que ayudar a Pequeñín, que temblaba como un polluelo, El Mesías, por supuesto, caminó sobre las aguas.
Perdimos nuestros ropajes, debido a la fuerza de la corriente y también, porque teníamos mucho vicio.

Así fue cómo nos embarcamos los cuatro de nuevo, sin saber a dónde iríamos y sin probar gota.

Imploramos a Pele que convirtiera el agua en vino, pero se vio incapacitado y sólo consiguió materializar un botellín y unos cuantos picatostes.

Aburrida como estaba de pelearme por cada sorbo de cerveza, me acurruqué al fondo del carromato y saqué el pesado diario de mi mochila.
Me di cuenta de que tenía más páginas que al principio.

No sé si me asusté o me admiré de aquello, pero llegué a la conclusión de que, probablemente, se trataba de uno de los milagros de Pele.

Intenté leer los pasajes nuevos, pero quizá el opio aún diese vueltas por mi cerebro, porque me quedé dormida en la tercera sílaba.

Desperté en mitad de una noche brumosa y lenta.
Nadie guiaba el carromato, pues estaban todos dormidos, así que cogí las riendas, sin saber hacia dónde dirigirme.

Resultó que el hecho de no ver nada en absoluto, en lugar de asustarme, me aliviaba ya que en mi imaginación, aquel mar sería como yo quisiera.

No sé porqué, pero esperaba escuchar grillos a mí alrededor, y me importunó que no fuera así, ya que su sonido le habría quedado pintiparado, en aquel momento, al conjunto del paisaje.
En lugar de eso me rodeaba un falso silencio.
No es que todo estuviera en calma, sino que yo no oía nada.

Esto me sobresaltó de tal forma, que me propuse abastecer el carromato de grillos en cuanto tuviese oportunidad y comencé a canturrear una estrofa de una canción infantil, que me había enseñado una vieja putilla de los muelles.
Decía más o menos así:

“Mamá, Mamá, y a mí me gusta el magreo,
Que cuando me besa mi novio
Yo siento muchos deseos,
Y a mí me sudan los pechos
Y también las pantorrillas,
Y me dice el sinvergüenza:
Aprovéchate los días.”


Encontré a Pequeñín, bailando al compás de aquellas palabras, como lo habría hecho una bailarina en celo y a partir de aquel día, tendría que cantársela cada noche, pues cogería aquello como una costumbre particular, a imagen y semejanza de unas sopas de leche para un viejo galicoso.

martes, 8 de septiembre de 2009

Septiembre


Lo que más miedo me da de la muerte, no es que luego no haya nada más, por un lado eso me tranquiliza, lo que me acojona realmente son esos personajes que quieren averiguar cosas de ti.
Espero que nadie encuentre mi cadáver, porque no soporto pensar que puedan venir con sus bisturís a abrirme y a revolver mis cosas.

jueves, 13 de agosto de 2009

El fabuloso mendrugo II


Todavía notaba un nudo en la garganta, pero aún estaba semi-viva.
El mendrugo de pan se estaba portando bien conmigo y yo se lo compensaba y no dejaba que se secase.
En algún momento dado, un muchacho, seguramente muy carismático, me incitó a un trago y en poco tiempo nos estábamos magreando ilusionados al fondo del local, era mi príncipe azul, mi media naranja, tal para cual, Romeo y Julieta, Bonnie y Clyde.
Cuando acabó conmigo tuve que ir al cuartito de baño a retocarme, pues estaba hecha unos zorros y mi pelo no reflejaba mi personalidad en absoluto.
Estaba un tanto alterada, me temblaba el párpado derecho más de lo normal y tenía bastante sed.
Le echaba de menos.


Mi mundo empezaba a ponerse borroso y yo tuve que reptar hasta la puerta. Llegué a la calle y no paré de huir de mí misma hasta que llegué al muelle.
Me arrodillé justo en el momento en que mi estómago decidió liberarse de tanto peso y vomité en el mar.

Sin estar sobria y con los ojos llenos de lágrimas contemplé flotando en el agua salada a mi mendrugo de pan que iba a la deriva sin mí.

Quizá fuera devorado por los peces cristianos que tanto abundan en el mar.

-¡Adiós!- me despedí de él sentimentalmente- ¡Que tengas suerte en tu viaje como yo lo tendré en el mío!

miércoles, 12 de agosto de 2009

El fabuloso mendrugo.


Me desperté a una hora desconocida y me sentí extraña con todo lo que me rodeaba.
Estaba tirada en el camino que iba hacia mi casa, todavía conservaba la ropa puesta así que supuse que nadie había abusado de mí durante mi ausencia.

Me apetecía enjuagarme la boca con cualquier cosa, pero no había nada líquido a mi alcance.
Encontré un mendrugo de pan en el bolsillo de mi chaqueta, no recuerdo que hacía allí ese maná, pero me lo metí en la boca, por inercia, y lo mastiqué un par de veces antes de engullirlo, inmediatamente me di cuenta de que lo había tragado por mal sitio.
-¡Mierda!- me dije.
Resignada me senté a esperar una muerte inminente por atragantamiento.
Sentía como el cacho de pan bajaba por mi garganta, era como estar en el patíbulo esperando que le den una patada al banco, mientras una soga rodea tu pescuezo, talmente.
Tenía la boca seca, en parte por el miedo a morir, pero en general se debía a la resaca que traía, que era atroz.
El mendrugo iba lento y al llegar a cierto punto intermedio del pecho se estancó en su bajada y se quedó allí. Yo no tenía mucha saliva en la boca, pero aunque la tuviera, no creo que fuese capaz de tragarla en aquel momento crítico.

Estaba segura de que si lo ayudaba a bajar, aquel trozo de pan, llegaría al punto de asfixia que me temía y me moriría allí mismo de la forma más absurda que podía recordar. Me vino a la cabeza la historia de aquel individuo que había muerto aplastado por una roca mientras se tiraba a una gallina, una muerte espectacular por otra parte.
No le envidiaba mucho.

Así me quedé por espacio de varias horas.
Temía por mi vida de manera obsesiva.


Entonces empecé a levantarme, muy despacio, para no desequilibrar al mendrugo y perecer por ello.
Me puse de pie, era una victoria para alguien como yo y me sentí muy orgullosa de mí misma.
Ahora que estaba erguida y era audaz, me dije que había que ponerse en marcha, y así, iluminada por el sol del atardecer y con el talante de una emperatriz, empecé a andar como si no hubiese gravedad, como si estuviera en la luna.
Levanté muy despacio el pie y todo mi cuerpo se puso en marcha, el mendrugo no se movió, lo tenía controlado, era un semidiós ya por aquel entonces.
Una sensación de omnipotencia me recorrió la médula espinal, yo pensaba que levitaba, que si realmente no volaba en aquel momento, era porque podría hacerlo en cualquier otro.
Así andaba yo, empedernida.
Me marché llena de pensamientos y con una sed descomunal, el miedo a beber y saciarla también era grande, por temor al pequeño cacho de pan y a sus consecuencias, sin embargo, algo me dijo que aquel mendrugo también necesitaba un trago.

El sol se estaba ya ocultando.
En todo el camino de vuelta hacia el puerto no dejé de escuchar el canto de pequeños grillos, eso me hizo feliz a pesar de la certidumbre de mi muerte, que llevaba clavada en el pecho.
No dejé que aquello me preocupara lo más mínimo, todo lo contrario, eso hacía que la brisa que acariciaba mi cara, me inundase como si me protegiera de todo lo malo que yo conocía.


Y así, divagando, llegué al puerto, con una pinta de perro arrastrado que no me hacía parecer muy atractiva, pero que se solucionaría en cuanto empezara a oscurecer y no se distinguiesen bien los rasgos de la gente.
Me lavé la cara en una fuente y me sentí como nueva, como de estreno, muy brillante y con ganas de triunfar. Yo y mi mendrugo, el mundo a mis pies, nada en el bolsillo y un nudo en la garganta.

Yo era una chica alegre y decidida y quería un trago, por el mendrugo, que me había enseñado tanto en las últimas horas.


(To be continued.)


viernes, 7 de agosto de 2009

Resaca


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Tal y cómo se lo había imaginado, andaba fisgando en su cajoncito de ropa interior.
Temía que le diese de sí la camiseta de hello kitty, que sólo se ponía en la intimidad.
Intentó incorporarse, pero la borrachera era tal que optó por una nueva versión del cubito supino.
Maldijo la hora en que se lo ligó en el bar de Telmo, parecía un tipo legal, pero le había cargado los cubalibres hasta tal punto, que dejó de ser dueña de si misma y se dejó a merced de los vaivenes de la vida, acto seguido se apropió de su top y de las medias de rejilla y se dedicó a subirse al karaoke para versionar a Bonnie M.

Con un poco de suerte, el reptil gigante, pasaría por alto el bote de Cola-cao y aun tendría algo que desayunar ese día.